Aromas y sabores del algarrobo, “el árbol” de El Impenetrable

Aromas y sabores del algarrobo, “el árbol” de El Impenetrable

En el Chaco hay sabores que cuentan historias. Detrás de un alfajor de algarroba o una taza de café de monte hay un árbol que alimentó durante siglos a personas y animales, y que hoy impulsa una nueva economía basada en la conservación. Un viaje por los aromas, colores y tradiciones del Impenetrable.

Existe una forma particular de descubrir El Impenetrable, que no tiene que ver con la fascinación que nos genera llegar al parque y encontrarnos con los protagonistas de esta naturaleza salvaje: el yaguareté, el oso hormiguero, el tapir, los atardeceres sobre el río Bermejo y los sinuosos caminitos que se pierden entre quebrachos y palosantos. 

Esta otra forma apela a otros sentidos que no suelen usarse tanto, como el olfato y el gusto. Sí, porque este rincón del Chaco también se conoce con el aroma dulzón de la harina recién molida y el sabor montaraz de la algarroba, fruto que durante siglos alimentó aquí a humanos y animales. 

Hay una costumbre reveladora en esta región y que nos permite comprender la importancia de esta figura. Los pobladores llaman “palos” a la mayoría de los árboles del monte, y sin embargo, reservan una denominación distinta para el algarrobo: para ellos no es un palo más, es “el árbol”. 

Y le sobran motivos para recibir ese nombre. Uno de ellos es que, mientras las crecidas y los cambios constantes del Bermejo transforman el paisaje, el algarrobo logra permanecer y “siempre está”. ¿A qué se debe esto? A que sus raíces se hunden en la tierra hasta alcanzar reservas de agua subterránea, lo que le permite estar bien afirmado y sobrevivir durante décadas, e incluso siglos.

Pero hay más. Podríamos describir al algarrobo como un gigante generoso que da sombra cuando el verano chaqueño supera los cincuenta grados, alimenta al ganado en épocas de sequía, ofrece refugio a la fauna silvestre y produce unas vainas dulces llamadas chauchas que forman parte de la historia gastronómica de esta región. 

A pesar de todas sus bondades, durante mucho tiempo el valor del algarrobo se midió casi exclusivamente por su madera, para usarla en postes y muebles. Hasta que un día surgió una pregunta que empezó a cambiar las cosas: ¿y si el árbol valiera más vivo que cortado?

Del monte al plato

Todo comienza unas semanas antes de Navidad. Es en este momento cuando las chauchas maduras caen de los algarrobos y las familias de la zona salen a recolectarlas. Lo que durante generaciones fue una práctica vinculada a la alimentación animal y a recetas tradicionales, hoy se ha convertido, además, en una oportunidad económica asociada a la conservación del monte y al turismo.

Desde hace unos años la vaina del algarrobo ha vuelto a cobrar la importancia que tenía, y aún más. Y esto porque es uno de los ejes de una nueva economía que se basa en cuidar la naturaleza. Por eso, cada diciembre, vecinos del Parque Nacional El Impenetrable realizan la colecta de chauchas para elaborar harina que luego se vende y les permite generar ingresos económicos. Y un dato que llama la atención de los visitantes: esta harina es de color dorado y no oscura, como la que usualmente se vende en los negocios de la ciudad y que se importa de otros países. 

El objetivo de todo esto es promover iniciativas productivas que estén a favor de la naturaleza y que representen una oportunidad de trabajo para las personas que viven en la zona. En este caso, las chauchas se colectan, se secan al sol, se tuestan y luego se muelen para producir la harina con la que se elaboran budines, galletitas y hasta un café que tienen una sutil impronta de sabor de monte. También se obtienen bebidas y platos tradicionales, como el arrope y el patay, y otras preparaciones que combinan técnicas de abuelas con nuevas propuestas de cocina moderna.

Cada uno de estos alimentos cuenta una historia donde el protagonista es el monte en pie, porque cuanto más valor tenga la chaucha y cuanto más rico sea ese alfajor de algarroba que deslumbra al visitante, menos sentido tendrá cortar el árbol que la produce.

Relatos del paladar

La algarroba es uno de los tantos sabores del Impenetrable. Pero el monte chaqueño también ofrece frutos como el chañar, el mistol y el ucle (un tipo de cactus), ingredientes que forman parte de su patrimonio cultural y que comienzan a despertar interés entre cocineros, emprendedores y viajeros en busca de experiencias genuinas y que quedan en el paladar y el corazón.

Probar un arrope elaborado con frutos nativos o una preparación hecha con harina de algarroba permite descubrir nuevos sabores y conocer el territorio de una manera más humana y más íntima, porque la comida siempre habla de quien la prepara.

A veces un dulce por la tarde o un plato caliente a la noche nos cuenta más de una comunidad que decenas de reels y folletos, y esto es justamente el turismo gastronómico: sabores y costumbres ligados a la tierra.

Hablar de sabores también es hablar de colores. El verde intenso de las selvas en galería que acompañan al Bermejo, el dorado de los pastizales, los tonos rojizos de la tierra chaqueña y las flores del algarrobo forman parte de un paisaje que cambia a lo largo del año.

Cada estación ofrece una experiencia distinta. En verano llegan los frutos pero antes, en primavera, aparecen las flores perfumadas y los cantos de las charatas desde bien temprano. Durante los meses más secos, los algarrobos toman protagonismo como nunca al convertirse en puntos de encuentro para la fauna silvestre y para quienes viven en la región.

 “Sabores de la algarroba” es una experiencia pensada para que el visitante se asome desde otro lugar a la naturaleza de este monte chaqueño. Consiste en una clase junto a cocineras del Impenetrable para conocer el árbol, la famosa chaucha y elaborar un plato con algarroba. También hay eventos festivos que organiza la comunidad del Impenetrable para revalorizar el fruto, como la Peña Algarrobera al inicio de la cosecha y el Festival de la Algarroba, al finalizar. 

Vivir estas experiencias y recorrer estos paisajes en compañía de guías locales nos permite comprobar que cultura y naturaleza forman un sistema vivo, donde cada especie cumple una función. Y, en el Impenetrable, el algarrobo es una de sus piezas más importantes.

Una nueva economía para el monte

Desde 2020 muchas familias de la zona del Parque Nacional El Impenetrable  comenzaron a participar en proyectos vinculados a la cosecha  de la algarroba. La propuesta consiste en generar ingresos a partir de los frutos del bosque en lugar de la extracción de su madera, lo cual permite recuperar saberes, generar oportunidades y ofrecer a los visitantes productos con identidad propia. En la última cosecha de diciembre de 2025 participaron 105 familias que recolectaron 16 toneladas y media de chauchas.

Además del beneficio económico, esta actividad contribuye a algo muy importante: que más personas puedan seguir viviendo en sus comunidades sin abandonar el territorio ni pensar en migrar a las grandes ciudades. Cuando todo esto ocurre, conservar el monte deja de ser solamente una cuestión ambiental y se convierte en una estrategia concreta de desarrollo.

Viajar a El Impenetrable es sumergirse en una naturaleza salvaje y, también, conocer historias con nombre y apellido.

Es descubrir que detrás de un helado de algarroba hay una voluntad colectiva de encontrar maneras de vivir de la naturaleza sin dañarla.

Por eso siempre decimos que visitar El Impenetrable es garantía de una real experiencia “inmersiva”, porque implica meterse en el monte, cruzarse con animales silvestres y conocer la verdadera cultura del Impenetrable donde, hoy, conservar un árbol vale mucho más que cortarlo.

En el Impenetrable hay monte, ríos, animales viviendo como tienen que vivir y comunidades con arraigo y cariño por su territorio, que abren las puertas de sus hogares para recibir a visitantes que llegan de distintos lugares del mundo con mucha expectativa por conocer este  territorio rico y salvaje.

El Impenetrable te espera. 

Fotos: Natalia Trzcina, Miranda Volpe, Agustina Miguens, Agustina Ojeda.

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